Psicoanalisis, Mis estudios en Paris y Berlin PDF

Title Psicoanalisis, Mis estudios en Paris y Berlin
Author Ricardo Montaño
Course Morfofisiologia Ii Y Psicobiologia
Institution Universidad Industrial de Santander
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Summary

La vida de Froid, su viaje a Paris y Berlin. Charcot, histeria, hipnosis....


Description

Informe sobre mis estudios de Paris y Berlín

Al honorable Colegio de Profesores de la Facultad de Medicina de Viena. (ver nota 16) En mi solicitud para aspirar a la beca de viaje del Fondo de Jubileo de la Universidad correspondiente al año académico 1885-86 expresé mi propósito de dirigirme a París, al Hospicio de la Salpêtrière, a fin de proseguir allí mis estudios neuropatológicos. Variosfactores me sugerían esa elección. En primer lugar, la certeza de hallar reunido en la Salpêtrière un gran material de enfermos que en Viena sólo se encuentra disperso y es por ende de difícil acceso; además, el gran nombre de J.-M. Charcot(17), quien ya lleva diecisiete años de trabajo y enseñanza en aquel sanatorio; y, por último, que ya no podía esperar aprender algo esencialmente nuevo en una universidad alemana luego que había gozado en Viena de la enseñanza indirecta y directa de los profesores T. Meynert y H Nothnagel(18). En cambio, me parecía que la escuela francesa de neuropatología (19) ofrecía mucho de novedoso y singular en su modalidad de trabajo, y también había abordado nuevos ámbitos de la neuropatología, a los que la labor científica en Alemania y Austria no se había extendido de parecida manera. A consecuencia del escaso trato personal entre médicos franceses y alemanes, los descubrimientos de la escuela francesa, en parte extremadamente asombrosos (hipnotismo), en parte de importancia práctica (histeria), hallaron en nuestro país más incredulidad que reconocimiento y creencia, y los investigadores franceses, en primer lugar Charcot, tuvieron que soportar a menudo el reproche de falta de juicio crítico o, al menos, de tender a estudiar lo raro y a darle una presentación efectista. Luego que el honorable Colegio de Profesores me hubo distinguido con la concesión de la beca de viaje, aproveché de buena gana la oportunidad que se me ofrecía para formarme por mi propia experiencia un juicio fundado sobre las mencionadas series de hechos y al mismo tiempo me alegré de poder corresponder así a la sugerencia de mi respetado maestro, el profesor Ven Brücke (20).

Durante unas vacaciones que pasé en Hamburgo(21), la cordial acogida del doctor Eisenlohr, el conocido representante de la neuropatología en esa ciudad, me permitió examinar una gran serie de enfermos nerviosos en el Hospital General y en el Hospital Heine(22), y también me facilitó el acceso al Hospital para Enfermos Mentales de Klein-Friedrichsberg. Pero el viaje de estudios sobre el cual informo aquí sólo se inició con mi llegada a París en la primera mitad del mes de octubre, para el comienzo del ciclo lectivo.

La Salpêtrière, que visité primero, es una muy vasta construcción, que por sus edificios de dos plantas, dispuestos rectangularmente, así como por sus patios y jardines, recuerda mucho al Hospital General de Viena. En el trascurso de las épocas cambió varias veces de destino; al primero de estos debe su nombre (es el mismo caso de nuestra «Gewehrfabrik(23)»), y terminó por convertirse en un asilo para mujeres ancianas («Hospice pour la vieillesse (femmes) ») [1813], que albergaba a más de cinco mil personas. Correspondía a la naturaleza de las cosas que en este material estuvieran muy nutridamente representadas las enfermedades nerviosas crónicas, y anteriores médecins des hópitaux(24) del asilo, por ejemplo Briquet(25), habían emprendido la valorización científica de las enfermas; no obstante, para un trabajo sistemático y continuado

estorbaba la costumbre de los médicos franceses de cambiar a menudo el hospital en que actuaban y, así, la especialidad que estudiaban, hasta culminar su carrera, en el gran hospital clínico del Hotel Dicu. En cambio, J.-M. Charcot, que fue interne en la Salpêtrière en 1856, comprendió la necesidad de tomar las enfermedades nerviosas crónicas como objeto de un estudio continuo y exclusivo, y se propuso regresar a la Salpêtrière como médecin des hópitaux y no abandonarla más. Este hombre modesto declara hoy que su único mérito ha sido poner en práctica ese designio. Las favorables condiciones de su material lo llevaron a consagrarse a las enfermedades nerviosas crónicas y a sus fundamentos anatomopatológicos, y durante unos doce años pronunció conferencias clínicas como colaborador voluntario sin asignación de cátedra(26), hasta que por fin, en 1881, se creó la cátedra de neuropatología de la Salpêtrière y se nombró a Charcot para ocuparla.

A esta institución siguieron profundos cambios en las condiciones de trabajo de Charcot y de sus discípulos, que entretanto habían multiplicado su número. Como necesario complemento del material que albergaba el asilo, se creó en la Salpêtrière una división clínica donde se dio cabida asimismo a enfermos nerviosos varones, reclutados en un consultorio externo que atendía una vez por semana («consultation externe»). Además, se pusieron a disposición del profesor de neuropatología un laboratorio para trabajos anatómicos y fisiológicos, un museo de patología, un taller de fotografía y vaciado de moldes en yeso, una sala oftalmológica, un instituto eléctrico e hidro terapéutico, todo ello dentro de las instalaciones del gran hospital. Así se dio a Charcot la pos ibilidad de asegurarse la colaboración permanente de algunos de sus discípulos, designados para dirigir esos institutos(27).

El hombre a quien se le han brindado todos esos recursos y capacidades terapéuticas tiene hoy sesenta años de edad; posee la vivacidad, alegría y perfección formal en el discurso que solemos atribuir al carácter nacional de los franceses, pero, al mismo tiempo, la paciencia y alegría en el trabajo que generalmente atribuimos a nuestra propia nación. Atraído por esta personalidad, pronto me limité a visitar un solo hospital y a seguir las enseñanzas de un solo. hombre. Renuncié a mi eventual asistencia a otras clases luego que me hube convencido de que en ellas, las más de las veces, había que contentarse con una bien articulada retórica. Sólo a las autopsias forenses y conferencias del profesor Brouardel en la Morgue rara vez dejaba de asistir. ver nota(28)

En la propia Salpêtrière, mi tarea cobró una forma diversa de la que yo originariamente me había propuesto. Tenía el propósito de investigar en profundidad un solo asunto, y como en Viena me había ocupado preferentemente de problemas anatómicos, había elegido el estudio de las atrofias y degeneraciones secundarias sobrevenidas tras afecciones encefálicas infantiles. Se puso a mi disposición un valiosísimo material patológico, pero me encontré con muy desfavorables condiciones para aprovecharlo. El laboratorio de ningún modo estaba instalado como para acoger a un trabajador ajeno a él, y el espacio y los recursos existentes eran inaccesibles por la falta total de organización. Me vi entonces precisado a renunciar al trabajo anatómico(29) y me di por satisfecho con un descubrimiento referido a las relaciones de los núcleos de la columna posterior

en el bulbo raquídeo. No obstante, después tuve la posibilidad de retomar unas investigaciones de esta índole en colaboración con el doctor Von Darkschewitsch (de Moscú), cuyo resultado fue la publicación de un artículo nuestro en NeurologischesZentral blatt con el título «Sobre la relación del cuerpo restiforme con la columna posterior y su núcleo, con algunas puntualizaciones sobre dos campos del bulbo raquídeo». ver nota(30)

Por oposición a la deficiencia del laboratorio, la clínica de la Salpêtrière ofrecía tal plenitud de cosas nuevas e interesantes que hube de recurrir a todos mis esfuerzos a fin de aprovechar esa oportunidad tan propicia para mi aprendizaje. Mi semana se organizaba así: El lunes era la conferencia pública de Charcot, seductora por su perfección formal, y cuyo contenido ya se conocía por los trabajos de la semana anterior. Estas conferencias no eran tanto de enseñanzas sobre elementos de la neuropatología cuanto de comunicación de las más recientes investigaciones del profesor, e impresionaban principalmente por la permanente referencia a los enfermos presentados. El martes, Charcot atendía la «consultation externe», durante la cual, entre un gran número de pacientes ambulatorios, sus asistentes le traían los casos típicos o enigmáticos para que los examinase él mismo. Si muchas veces el maestro nos descorazonaba dejando sumidos una parte de esos casos, según su propia expresión, «en el caos de la nosografía aún no descubierta», otros le daban oportunidad para anudar a ellos las más instructivas puntualizaciones sobre los más diversos temas de la neuropatología(31). El miércoles se consagraba en parte a los exámenes oftalmológicos, que el doctor Parinaud(32) realizaba en presencia de Charcot; y los días restantes, Charcot visitaba las salas de clínica o proseguía las investigaciones que en ese momento lo ocupaban, con enfermos reunidos en la sala de conferencias.

Tuve así oportunidad de ver una gran serie de enfermos, de examinarlos yo mismo y de oír el juicio de Charcot sobre ellos. Ahora bien, de más valor que esta ganancia positiva en

experiencia me parecen las inspiraciones que recibí, durante los cinco meses que residí en París, de mi continuo trato científico y personal con el profesor Charcot.

Por lo que atañe a lo primero, no gocé de preferencia alguna sobre otros extranjeros. La clínica estaba abierta para todo médico que a ella se presentara, y el profesor desempeñaba su trabajo en público, en medio de todos los médicos jóvenes que lo asistían y de los médicos extranjeros. Parecía, por así decir, trabajar él junto con nosotros, reflexionar en voz alta y estar a la espera de las objeciones de sus discípulos. Quien se atreviera podía terciar en la discusión, y ninguna observación era desatendida por el maestro. La sencillez en las formas de trato, la cortesía igual para todos, que asombraba al extranjero, hacían fácil aun para el más tímido participar plenamente en las indagaciones que Charcot proponía. Así, uno lo veía primero perplejo ante nuev os fenómenos de interpretación difícil; podía seguir los caminos por los cuales buscaba avanzar hacia la inteligencia de esos fenómenos, estudiar el modo en que comprobaba y superaba dificultades, y notar, con sorpresa, que no se cansaba nunca de considerar un mismo fenómeno

hasta obtener su concepción correcta mediante este trabajo de sus sentidos, que una y otra vez emprendía y siempre sin prejuicios(33). Si a esto se suma la cabal sinceridad con que el profesor se brindaba durante estas horas de labor, se comprenderá que el que escribe este informe, como todos los extranjeros en igual caso, dejara la clínica de la Salpêtrière como admirador incondicional de Charcot.

Solía decir Charcot que la anatomía, en líneas generales, ha consumado su obra, y la doctrina de las afecciones orgánicas del sistema nervioso está, por así decir, acabada; y que ahora le tocaba el turno a las neurosis. Es lícito considerar esta sentencia como mera expresión del cambio sobrevenido en su propia actividad. Su trabajo desde hace años apunta casi exclusivamente a las neurosis y, de preferencia, a la histeria, que tuvo ocasión de estudiar también en varones luego de inaugurados el consultorio ambulatorio y la clínica.

Me permitiré exponer con pocas palabras los logros de Charcot para la clínica de la histeria. Por ahora, «histeria» es apenas un rótulo de significado relativamente circunscrito; el estado clínico a que se lo aplica se singulariza en términos científicos sólo por unos rasgos negativos, poco estudiados, y estudiados a disgusto, sobre los que por añadidura pesan unos muy difundidos prejuicios. Son estos la supuesta dependencia que la afección histérica tendría respecto de irritaciones genitales, la opinión según la cual es imposible indicar una sintomatología precisa para la histeria porque cualquier combinación arbitraria de síntomas podría presentarse en ella, y, por último, el desmedido valor que se ha atribuido a la simulación dentro de su cuadro clínico. En nuestra época, una histérica podía estar casi tan segura de que la considerarían una simuladora, como lo estaría en siglos anteriores de ser condenada por bruja o posesa. Y, en otro sentido, se había producido casi un retroceso en el conocimiento de la histeria. La Edad Media tenía exacta noticia de los «estigmas(34)», los rasgos somáticos distintivos de la histeria, que ella interpretaba y valoraba a su manera. En cambio, en los consultorios externos de Berlín he visto que estos signos somáticos de la histeria eran poco menos que ignorados, y pronunciar el diagnóstico de «histeria» parecía significar que ya no se quería tratar más al paciente.

En el estudio de la histeria, Charcot partió de los casos más acusados, que concibió como tipos completos de esta afección(35). Ante todo, redujo a su correcta medida el nexo de la neurosis con el sistema genital cuando comprobó la existencia de la histeria masculina y, en particular, la

traumática, en una extensión hasta entonces insospechada. En estos casos típicos halló luego una serie de signos distintivos somáticos (carácter del ataque, anestesia, perturbaciones del sentido de la vista, puntos histerógenos, etc.), que permitían establecer con certeza el diagnóstico de histeria sobre la base de rasgos positivos. Mediante el estudio científico del hipnotismo -un campo de la neuropatología que fue preciso arrebatar por una parte a la incredulidad y por la otra al fraude-, él mismo llegó a una suerte de teoría sobre la sintomatología histérica, que tuvo el coraje de reconocer como real y objetiva para la mayor parte de los casos, sin por ello descuidar la cautela

indispensable a causa de las insinceridades de los enfermos. Una experiencia que se multiplicaba rápidamente, con el mejor de los materiales, le permitió pronto empezar a considerar las divergencias respecto del cuadro típico; y cuando yo debí abandonar la clínica, se ocupaba de estudiar, luego de las parálisis y artralgias histéricas, las atrofias histéricas, de cuya existencia pudo convencerse justamente durante los últimos días de mi residencia allí.

La enorme importancia práctica de la histeria masculina, las más de las veces ignorada, y en particular de la que se genera luego de traumas, fue elucidada por Charcot en un enfermo que durante casi tres meses constituyó el centro de todos sus trabajos. Así, merced a sus empeños, la histeria se destacó del caos de las neurosis, se deslindó de otros estados de parecida manifestación y cobró una sintomatología que, aunque asaz variada, ya no permite ignorar por más tiempo el reinado de una ley y un orden. Sobre los puntos de vista que resultaban de las indagaciones del profesor Charcot, mantuve con él un vivo intercambio de ideas, oral y escrito, del que nació un trabajo destinado a publicarse en Archíves de Neurologie, que se titula «Comparación de la sintomatología histérica con la orgánica(36)».

Debo señalar aquí que el intento de concebir como histeria las neurosis generadas por trauma («railway spine»)(37) halló vivas objeciones entre autores alemanes, en particular los señores Thomsen y Oppenheim, asistentes de la Charité(38) en Berlín. Después he conocido a ambos señores en Berlín, y quise aprovechar la oportunidad para orientarme acerca de los títulos de legitimidad de esas objeciones. Por desdicha, los enfermos en cuestión no estaban ya en la Charité. Mi impresión fue que el caso no está todavía maduro para pronunciar un veredicto, pero que Charcot obra de manera correcta cuando considera primero los casos típicos y más simples, en tanto que sus oponentes alemanes habían empezado con el estudio de las formas más confusas y complicadas. El aserto de que formas de histeria tan graves como las que habían servido a Charcot para sus trabajos no se presentaban en Alemania fue cuestionado en París, y con documentos históricos sobre epidemias de esa índole se sostuvo la identidad de la histeria en todo tiempo y lugar.

No omití tampoco procurarme experiencias propias sobre los fenómenos del hipnotismo, que tan asombrosos son y de los que tanto se descree; en particular, sobre el «grand hypnotisme» descrito por Charcot. Para mi sorpresa, descubrí que se trataba de cosas de grueso registro sensorial, en modo alguno susceptibles de duda, si bien es cierto que lo bastante asombrosas para que nadie les dé crédito si no las percibió por sí mismo. En cambio, no hallé que Charcot tuviera particular predilección por lo raro o intentara explotarlo en beneficio de tendencias místicas. El hipnotismo era para él, más bien, un campo de fenómenos que sometió a descripción con arreglo a la ciencia natural, como hizo años antes con la esclerosis múltiple o la atrofia muscular progresiva. En general, no me pareció que fuera uno de esos a quienes asombra más lo raro que lo ordinario, y toda su orientación espiritual me lleva a conjeturar que

él no descansa hasta haber descrito de manera correcta, y clasificado, cada fenómeno de que se ocupa, pero luego es muy capaz de reposar una noche entera sin haber dado la explicación fisiológica del fenómeno en cuestión.

He consagrado un espacio mayor en este informe a las observaciones sobre histeria e hipnotismo porque debía tratar lo que era una completa novedad y el tema del trabajo propio de Charcot. Si dedico menos palabras a las afecciones orgánicas del sistema nervioso, no me gustaría dar la impresión de que no he visto nada de ellas o sólo muy poco. Del rico material de casos notabilísimos, menciono como de particular interés las formas, recientemente descritas por el doctor Marie(39), de la atrofia muscular hereditaria -que, aunque ya no se incluyen entre las afecciones del sistema nervioso, siguen siendo tratadas por los neuropatólogos-, así como casos de la enfermedad de Méniére, de esclerosis múltiple, de tabes con todas sus complicaciones -en particular la afección articulatoria descrita por Charcot- de epilepsia parcial y de otras formas que constituyen el patrimonio de la clínica y el consultorio neurológicos. Entre las afecciones funcionales (exceptuada la histeria), durante el tiempo de mi estadía se prestó particular atención a la corea y a las diversas variedades de «tics» (p. ej., la enfermedad de Gilles de la Tourette).

Cuando me enteré de que Charcot se proponía editar una nueva recopilación de sus lecciones, me ofrecí para traducirla a la lengua alemana, y a esta empresa debí por una parte un trato personal más íntimo con él y por la otra la posibilidad de prolongar mi estadía más allá del lapso para el cual me alcanzaba el estipendio que tenía concedido. Esta traducción aparecerá en mayo de este año en la editorial Toeplitz y Deuticke, de Viena. ver nota(40)

Para terminar, mencionaré que el profesor Ranvier(41) del ColIege de France, tuvo la amabilidadde mostrarme sus excelentes preparados de células nerviosas y neuroglia.

Mi estadía en Berlín, que duró desde el 1º de marzo hasta fines de ese mes, coincidió allí con las vacaciones semestrales. No obstante, tuve abundante oportunidad de examinar niños con enfermedades nerviosas en los consultorios de los profesores Mendel y Eulenburg y del doctor A. Baginsky, y en todas partes hallé la más solícita acogida (ver nota(42)) . Repetidas visitas al profesor Munk y al laboratorio agronómico del profesor Zuntz (donde conocí al doctor Loeb de Estrasburgo(43)) me permitieron formarme un juicio propio acerca del debate entre Goltz y Munk con respecto a la localización del sentido de la vista sobre la superficie encefálica(44). El doctor B. Baginsky(45) del laboratorio Munk, tuvo la gentileza de mostrarme sus preparados sobre la trayectoria del nervio acústico y pedirme opinión sobre ellos.

Considero mi deber agradecer cálidamente al Colegio de Profesores de la Facultad de Medicina de Viena por haberme concedido la beca de viaje. Estos señores, entre quienes se cuentan todos mis respetados maestros, me han dado así la posibilidad de adquirir importantes conocimientos que

espero aplicar como docente adscrito(46) para enfermedades nerviosas, y también en mi actividad médica.

Doctor Sigmund Freud, docente adscrito de neuropatología de la Universidad de Viena.


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