Acedia y depresión. Entre pecado capital y desórden psiquiátrico PDF

Title Acedia y depresión. Entre pecado capital y desórden psiquiátrico
Author Rubén Peretó Rivas
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Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con autorización escrita de los titulares del Copy- right. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitu...


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Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación, total o parcial, de esta obra sin contar con autorización escrita de los titulares del Copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Artículos 270 y ss. del Código Penal).

IN UMBRA INTELLIGENTIAE ESTUDIOS EN HOMENAJE AL PROF. JUAN CRUZ CRUZ (1556)

ÁNGEL LUIS GONZÁLEZ M.ª IDOYA ZORROZA (EDITORES)

IN UMBRA INTELLIGENTIAE ESTUDIOS EN HOMENAJE AL PROF. JUAN CRUZ CRUZ

EDICIONES UNIVERSIDAD DE NAVARRA, S.A. PAMPLONA

COLECCIÓN DE PENSAMIENTO MEDIEVAL Y RENACENTISTA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS • UNIVERSIDAD DE NAVARRA CONSEJO EDITORIAL DIRECTOR

JUAN CRUZ CRUZ SUBDIRECTORES

Mª JESÚS SOTO-BRUNA JOSÉ A. GARCÍA CUADRADO SECRETARIA

Mª IDOYA ZORROZA

www.unav.es/pensamientoclasico

Nº 122 Ángel Luis González, M.ª Idoya Zorroza (Eds.), In umbra intelligentiae Estudios en homenaje al Prof. Juan Cruz Cruz Introducción, traducción y notas de José Ángel García Cuadrado

Esta edición ha sido subvencionada por el Banco Santander - Central Hispano (BSCH)

Primera edición: Enero 2011 © © © © ©

2011. Ángel Luis González, M.ª Idoya Zorroza (Eds.) Ediciones Universidad de Navarra, S.A. (EUNSA) Plaza de los Sauces, 1 y 2. 31010 Barañáin (Navarra) - España Teléfono: +34 948 25 68 50 – Fax: +34 948 25 68 54 e-mail: [email protected]

ISBN: 978-84-313-2748-4 Depósito legal: NA 92-2011

Imprime: ULZAMA DIGITAL, S.L. Pol. Ind. Areta. Huarte (Navarra) Printed in Spain - Impreso en España

ACEDIA Y DEPRESIÓN ENTRE PECADO CAPITAL Y DESORDEN PSIQUIÁTRICO Rubén Peretó Rivas

La acedia, desde los primeros siglos del cristianismo, formó parte, de los vicios de los cuales los fieles debían cuidarse. La menciona Orígenes en su Homilía sobre el Evangelio de San Lucas y su discípulo, Evagrio Póntico, la incluye en el octonario de vicios capitales 1. Ella es una de las naciones contra las que tendrá que pelear Israel 2 y, en las religiones astrales, es uno de los siete πνεῦματα gobernadores, malvados seres espirituales que tienen a su cargo el gobierno de cada una de las esferas celestes 3. ¿Es que un ser tan poderoso puede haber desaparecido y dejado de asolar a los hombres? Quizás haya ocurrido lo mismo que sucede con muchos otros fenómenos observados y estudiados por lo antiguos. Ha cambiado sólo el vocabulario que los nombra y que los describe. Ya no hablamos de espíritus astrales ni de demonios meridianos, sino que ahora utilizamos términos científicos que esconden detrás de ellos las múltiples horas que químicos y biólogos han dedicado en sus laboratorios a aislar las enzimas que producen determinados neurotransmisores. No me propongo en este trabajo psiquiatrizar procesos propios de la vida espiritual y tampoco espiritualizar patologías psiquiátricas; simplemente, señalar los elementos comunes que poseen ambos fenómenos y mostrar el avance que han tenido estas investigaciones en los últimos años. Mi intención, sin embargo, es permanecer en el ámbito del tratamiento medieval de la acedia y de las terapias utilizadas para enfrentar este vicio, en especial, la liturgia entendida como medida reparadora de esta afección.

1

Cfr. Orígenes, Homilies sur Luc, Fr. 56, fragmento griego por H. Crouzel / F. Fournier / P. Périchon (eds.), Sources Chrétiennes, 87, Cerf, Paris, 1962, p. 502. 2

Cfr. Deuteronomio, 7, 1. Cfr. I. Hausherr, “L’origine de la théorie orientale des huit péchés capitaux”, en De doctrina spirituali Christianorum orientalium. Quaestiones et scripta, I, “Études de spiritualité orientale” (OCA 183), Pontificium Institutum Studiorum Orientalium, Roma, 1969, pp. 11-22. 3

Cfr. M. W. Bloomfield, The Seven Deadly Sins : An Introduction to the History of a Religious Concept, with Special Reference to Medieval English Literature, Michigan State College Press, Michigan, 1952, pp. 43-67.

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En esta ocasión, entonces, trazaré una brevísima historia de la acedia en la patrística y la Edad Media; me detendré luego en el análisis de uno de los aspectos que aparecen de modo constante en las manifestaciones de este fenómeno y, en el último punto, propondré el caso particular del estado acedioso de un cartujo del siglo XIII. Durante todo este recorrido iré señalando, y no más que eso, los aspectos de la acedia que poseen una marcada similitud y coincidencia con los estados depresivos contemporáneos.

1. El concepto de acedia en la Patrística y el Medioevo El origen del término acedia es el κῆδος griego cuya acepción general es “preocuparse por algo o por alguien”. La acedia sería, entonces, la despreocupación o indiferencia, en razón de la partícula privativa que inicia la palabra. Sin embargo, el término κῆδος tuvo un uso frecuente en un sentido ligeramente diverso. Era la preocupación por los muertos, por darle sepultura, por celebrar sus funerales y por mantener el duelo. En ese sentido lo utilizan en numerosas ocasiones Homero, Esquilo, Isócrates, Platón, Sófocles y Tucídides4. Renunciar a este cuidado, o sea, renunciar al duelo, es para los griegos una falta grave que denota una preocupante situación interior del hombre, pues indica un desánimo radical originado en una duda dramática acerca de su verdadera identidad. Es que, si yo no entierro a mis muertos y no guardo duelo por ellos, no reconozco mis orígenes y, por tanto, no sé ya quién soy. El α-κῆδος es la manifestación de la angustia acerca de los propios orígenes y afecta la emergencia del hombre, su naturaleza, sus ambiciones y su destino. Por eso, la ausencia del duelo es mucho más que el descuido de un debido acto piadoso. Ella esconde algo que transciende el hecho concreto y físico de sepultar a un muerto. Es la revelación del profundo descuido de sí mismo manifestado en la ligereza o superficialidad en el tratamiento de la propia vida. Quien es incapaz de llorar a sus muertos y quien es incapaz de estar triste por ellos, es sólo aquél que descuida la propia vida o que no se toma la vida en serio. El deber de sepultar a los propios muertos es, para los clásicos, ineludible. El caso más conocido es el de Antígona y su empeño en sepultar a su hermano, aunque para ello deba desobedecer a su tío y suegro Creonte y, en última instancia, morir. Y en el Occidente medieval este deber permanece vigente. Integra las obras de misericordia corporales y, por eso, muchos siglos debieron trans4

Cfr. Por ejemplo, Homero, Iliada, 1, 145; Odisea, 4, 108; Esquilo, Agamenon, 699; Platón, Leyes, 913 c.

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currir para que, finalmente, la sociedad permitiera la experimentación en cadáveres con fines científicos. Andrés Vesalio será objeto de críticas y macabros relatos a raíz de estas prácticas. La ley del cosmos indica que los muertos deben descansar en paz y, por eso, deben ser sepultados. No obedecer esta ley implica la indiferencia hacia la voz de la naturaleza y, por este motivo, la alienación de sí mismo y la desobediencia de los ritos más elementales del duelo y de la pena exigidos por esa misma naturaleza. Este recorrido por la etimología de la palabra nos lleva a una primera conclusión: la acedia es un problema de sordera, pues quien la padece no escucha una ley natural y tampoco escucha al nous, puesto que su espíritu se encuentra invadido por logismoi o pensamientos que lo sacan de sí, lo alienan y lo hacen vivir en la superficie de las cosas. La tradición judeocristiana retoma en cierta medida el concepto griego de acedia en el clásico texto del Salmo 90. Allí, la traducción de los Setenta habla del δαιμονΐου μεσημβρίου, es decir, daemonio meridiano, como lo llama la Vulgata5. El α-κῆδος griego es una amenaza que aparece al mediodía, cuando el hombre se encuentra en medio del trabajo de su vida, y la precisión del tiempo indica que es una fuerza mucho más potente que la simple “tristeza matutina” o que la “melancolía de la tarde de la vida”. Como afirma Forthomme, es una “flecha de luz más que una saeta nocturna” que golpea en medio del día, en el momento en que la sombra está ausente y cuando no hay lugar dónde refugiarse porque el sol es omnipresente6. En la patrística, el primero que habla de la acedia como término técnico es Evagrio Póntico, para quien el concepto posee una gran cantidad de matices difícilmente traducibles con un solo término. Acedia es aburrimiento, torpeza, pereza, hastío, laxitud, abatimiento, languidez, flaqueza de espíritu, dejadez, indolencia, etc. Se trata de un estado sui generis, vinculado a la vida anacorética que, incluso, provoca malestares físicos como dolor de cabeza o de estómago. San Juan Clímaco dedica el décimo tercer escalón de su Escala Santa a la acedia. En la descripción fenoménica que realiza no se encuentra ninguna novedad. Sin embargo, hacia el final de texto, se refiere a quienes serían las unmerosas “madres” de la acedia y menciona a la insensibilidad del alma, el olvido de las realidades celestiales y el exceso de trabajo7. Este Padre afirma que un monje sometido a un trabajo o a presiones excesivas puede derivar en una crisis de acedia. En terminología contemporánea, podríamos decir que el 5

Cfr. Salmo, 90, 6.

6

Cfr. B. Forthomme, “Émergence et résurgence de l’acédie”, en N. Nabert, Tristesse, Acédie et médecine des âmes dans la tradition monastique et cartusienne: Anthologie de textes rares et inédits, XIIIe -XXe Siècle, Beauchesnes, Paris, 2005, p. 17. 7

Juan Clímaco, La escala santa, XIII, 16.

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trabajo excesivo conduce a situaciones de estrés, desorden que posee una sintomatología muy similar a la de la acedia. Juan Casiano dedica un capítulo entero de las Institutiones a la tristeza y comienza definiéndola como una molestia semejante a la polilla en los tejidos o al gusano en la madera. Su causa no se debe tanto a motivos externos o mundanos sino a las propias faltas de quien la sufre y, de este modo, coloca a la tristeza en la economía psíquica del monje. Es la enfermedad que corroe secretamente el interior y, por eso, no necesariamente ocurre cuando arrecia el calor del mediodía. No encontrará ya el monje a la acedia detrás de una duna del desierto de la Tebaida, sino en algún recodo de su propio corazón. San Gregorio Magno, en las Moralia in Job, propone una nueva estructura de los pecados capitales, según el siguiente orden: vanagloria, envidia, ira, tristeza, avaricia, gula y lujuria8. Obtiene un septenario de vicios –recordemos aquí el profundo simbolismo que poseía el número siete para los medievales– para lo cual elimina a la soberbia de la lista de Casiano y reemplaza a la acedia por la envidia. No actúa por ignorancia, sino que sus omisiones son voluntarias. Un primer motivo de esta omisión puede venir dado porque San Gregorio considera a la acedia como una de las hijas de la tristeza y, de ese modo, ya estaría incluida en ese pecado. Otra explicación es que el santo doctor asigna a la acedia un carácter mórbido. Por lo tanto, no habría lugar para ella en un listado de situaciones estrictamente morales, como es el caso de los vicios capitales. La llegada de las órdenes mendicantes y, con ellas, de la vida urbana de los religiosos, trae aparejado también algunos cambios con respecto a la percepción de la acedia. Los escolásticos seguirán la enumeración de los vicios de San Gregorio Magno y no la de Casiano, como habían hecho los monjes. Georges Minois, por otro lado, destaca las diferencias que existen en el tratamiento de la acedia por parte de los franciscanos y de los dominicos9. La teología franciscana de San Buenaventura considera que el acedioso es quien desea aquello que no debería desear y no desea lo que debería desear. En una de sus obras espirituales distingue entre una tristeza general, que es ocasionada por la recurrencia en las pasiones, y una tristeza especial, que es una especie de aburrimiento de las cosas divinas y que conduce a la pereza10. 8

Los pecados capitales, tal como los enumera San Gregorio, son: vanagloria, envidia, ira, tristeza, avaricia, gula y lujuria. Cfr. Moralia in Job, 31, 45; PL 76, 620. 9

Cfr. G. Minois, Histoire du mal de vivre. De la mélancolie à la dépression, La Martinière, Paris, 2003, p. 52. 10

Cfr. Buenaventura, Du combat spirituel contre les sept péchés capitaux, 1, 7, en Œuvres spirituelles de S. Bonaventure, L. Berthaumier (trad.), tomo II, L. Vives, Paris, 1854, pp. 376-377. Sobre el tema de la acedia en San Buenaventura puede verse J Reiner, Melancholie und Acedia: Ein Beitrag zu Anthropologie und Ethik Bonaventuras, F. Schöningh, Paderborn, 1984.

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Santo Tomás introduce algunas variaciones en el tratamiento del tema. Pareciera que la suya es una aproximación que no tiene en cuenta solamente los aspectos espirituales, sino que también considera elementos de naturaleza física. La define como “cierta tristeza que apesadumbra, es decir, una tristeza que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada, del mismo modo en que se vuelven frías las cosas por la acción corrosiva del ácido. Por eso, la acedia implica cierto hastío para obrar”11. En esta definición, Tomás distingue una serie de síntomas similares a lo que hoy conocemos como depresión. En efecto, habla de tristeza, decaimiento, falta de motivación para hacer las cosas y hastío. Se trata, en todos los casos, de desórdenes afectivos, lo cual no implica que, en la misma cuestión, el Aquinate relacione también a la acedia con las etapas y peligros propios de la vida espiritual, pero es cuidadoso en hacer las distinciones necesarias. La más relevante, para mi propósito, es su apreciación de que cualquier tipo de debilidad corporal puede predisponer a la persona a la acedia. Y aporta un ejemplo: los ataques de acedia suelen venir hacia el mediodía debido a que es el momento en que el hambre se deja sentir con más fuerza en el monje que ha guardado ayuno desde el día anterior. Es decir, una privación física es la ocasión para la llegada de la tristeza. A partir de esta aserción, podemos preguntarnos si Tomás no admitiría una cierta identificación de la acedia con la depresión en tanto esta última reconoce también un condicionante físico, cual es la alteración de la absorción de la serotonina por parte de las células del sistema nervioso central. En efecto, en el texto analizado se da una correspondencia en los síntomas y en, al menos, una de las causas 12.

2. Logismoi Decíamos que la primera sistematización sobre la doctrina de los vicios capitales se remonta a Evagrio Póntico quien describe ocho pensamientos malvados y genéricos. La noción de pensamiento, en el vocabulario técnico del monacato primitivo, es ambivalente. En sí mismo, el pensamiento es una manifestación natural y buena de la vida del alma, de nuestros sentimientos y de nuestra percepción de las cosas del mundo. Pero, de una manera sutil, estos pensamientos pueden transformarse en una invitación al mal, es decir, pueden de-

11 12

Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 35, a. 1.

Un tratamiento detenido acerca de la reflexión de Tomás de Aquino sobre la acedia puede verse en la tercera parte del libro de J.-Ch. Nault, La saveur de Dieu. L’acédie dans le dynamisme de l’agir, Cerf, Paris, 2006.

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venir en pensamientos malvados 13. Es en este sentido en el que Evagrio utiliza con mayor frecuencia el término, sea λογισμὅς o, en plural en la mayoría de las ocasiones, λογισμὅΐ. Se trata de pensamientos capaces de relajar la tensión de la voluntad y, por tanto, el monje debe luchar contra ellos a fin de progresar hacia la ᾅπᾅθεια. Estos logismoi, en la teología espiritual latina, serán traducidos como los vicios capitales. Sin embargo, Bernard Forthomme opina que no deberían ser considerados dentro del mismo esquema de las virtudes y los vicios, sino que más bien se inscriben en lo que él llama juicios tematizados y podrían ser asimilados a las sugestiones, en las que el pensamiento se vuelve contra el pensamiento, haciendo imposible el soliloquio del alma consigo misma14. En este sentido pueden ser tomadas algunas de las expresiones que aparecen en las Institutiones de Casiano cuando habla de la acedia. Por ejemplo, se refiere a que ella llega “en torno a la hora sexta” y que es como “una fiebre que vuelve periódicamente”15. Son expresiones que revelan que estos pensamientos o logismoi, en el caso de la acedia, son muy definidos y atacan de un modo preciso y seguro a su víctima, a punto tal que es posible determinar con una cierta precisión el momento del día en el que se harán presentes. Podríamos atribuirle también el carácter de obsesiones entendidas éstas como ideas o imágenes que se imponen al espíritu de manera repetida e incoercible. El sujeto reconoce la idea como propia de su mente –no impuesta por nadie– pero, aunque le moleste y le haga sufrir, no es capaz de echarla fuera de su consciencia. Se entabla, así, en la mente de la persona, una penosa lucha, con fuerte carga de ansiedad, entre la obsesión que se impone y la voluntad que trata de rechazarla fuera de la conciencia. En la carta que el cartujo Bernardo de Portes dirige al recluso Raynoud hay una precisa descripción de este tipo de logismoi o pensamientos obsesivos, que culminan provocando una situación de profunda tristeza en la víctima. Escribe: “Ella (la tristeza) se acerca a aquellos que viven en la soledad y son confundidos interiormente y rodeados de algunas nubes de tristeza e instigación del demonio. Porque nuestro enemigo inveterado conoce bien los medios para perjudicar a los servidores de Dios, para impedirles orar y dedicarse a las santas ocupaciones. Se esfuerza de inundarlos de tristeza o de cólera sin motivo alguno, de orgullo, del recuerdo de injurias recibidas, de recuerdos vanos de lo que se dice, de lo que se hace o de lo que se debe hacer, de pensa-

13

J.-Ch. Nault, La saveur de Dieu, p. 32.

14

J.-Ch. Nault, La saveur de Dieu, pp. 21-22.

15

J. Casiano, Institutions Cénobitiques, Sources Chrétiennes, 109, Cerf, Paris, 1965, X, c. 1, 1.

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mientos impuros, de tibieza del alma o torpeza en el sueño, a fin de desviar el espíritu de sus santos deseos”16. Notemos que el autor destaca que los logismoi atacarán cuando la persona esté en una situación anímica particular, “rodeado de nubes de tristeza”; producen un efecto concreto en tanto que impiden orar y dedicarse a las santas ocupaciones; hacen un “esfuerzo” por inundar al monje de tristeza, lo cual nos indica resistencia por parte de la víctima y, finalmente, no reconocen una causa concreta. Cualquier descripción de la sintomatología de la depresión coincidiría en todos y cada uno de los elementos del diagnóstico que ha realizado Bernardo de Portes para la acedia. Este torbellino de pensamientos que envuelven al alma torturándola provoca, además, una necesidad en el monje de estar en continuo e inútil movimiento físico, deambulando de una celda a otra, visitando a sus amigos y a los enfermos y buscando motivos para alejarse de su lugar propio, aunque éstos puedan parecer piadosos 17. Esta kínesis constante implica el alejamiento de la unidad originaria –concepto propio del neoplatonismo monástico– y la explosión de las pasiones que dispersan y fulminan las necesarias realidades simbólicas. Se produce en la persona una incapacidad de la praedicatio, ya que no es capaz de dedicarse al soliloquio ni al coloquio y, por eso mismo, la irrupción de los logismoi son una meditación contraria a la meditación. De este modo, entonces, los logismoi o vicios no son solamente categorías morales o psicológicas, es decir, las equivalencias estrictas de las pasiones estoicas. En el flujo opaco e incesante de los pensamientos, las percepcione...


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